Capturar el momento

Leyendo este post que habla del valor para guardar las cámaras, para estar presente y no salirnos del momento para echar fotos del mismo. Recuerdo una conversación con una amiga en la que me decía que ya no toma tantas fotos, que es absurdo cuántas fotos y fotos y más fotos hemos echado por momentos, que los niños cuando crezcan pensarán que estamos medio locas.

Me gustó el pensamiento de mi amiga de tratar de capturar el momento simplemente en la memoria. Que pasa el tiempo y con trabajo podemos recrear lo vivido y disfrutado si no hicimos fotos. Antes de la prevalencia de cámaras digitales y otros artilugios, como ella decía, su abuela y otras personas de aquella generación recordaban y podían describirnos acontecimientos cotidianos y celebraciones especiales de memoria.

Pero hoy por hoy estamos metidos en esta nueva ola de hacer fotos a destajo, colgarlas de todo sitio imaginable, y realmente no prestamos atención. Quizá carezcamos de la salud mental necesaria para involucrarnos emocionalmente y con todo nuestro ser en aquello que vivimos, en vez de recogerlo en una instantánea (o tropecientas), y pasar a lo siguiente.

Pienso en los cuadros o fotos mentales de los que habla Charlotte Mason, ¿ofrecemos a nuestros hijos y damos ejemplo nosotros de las hasta 200 imágenes o más que un niño podría tener en su haber al finalizar su infancia? De paisajes en nuestros paseos, de cuadros que hemos apreciado y narrado. Imágenes disfrutadas con atención, con cariño, con respeto. Recuerdos de los que disfrutar y vivir como adultos.

Y sigue el interrogante, ¿fotos sí o fotos no?

Estoy de acuerdo en que muchas veces, por estar haciendo fotos, no puedo a la vez estar disfrutando y viviendo momento con plenitud. La cámara es otro aparato más y se interpone entre las personas, para el continuo de lo vivido, o saca al fotógrafo del continuo para poder retratarlo. Otras pienso que, si no fuera porque hice algunas fotitos, no nos quedaría memoria del crecimiento y los muchos momentos vividos con las niñas, amigos y familia. En nuestra última acampada, yo dale que te pego con la camarita, y Steve urgiéndome a que echara una mano con la tienda. Y le salto, bueno, si no hago fotos yo ¿quién las hace? Es cierto que mi marido depende de mí para eso, pero también es cierto que no hay que insistir mucho para que me ponga con el entretenimiento de la camarita, luego del editado, y por último subirlas a un blog. Sí. Reconozco que por un tiempo me movió mucho la idea de querer tener blogs con fotos espectaculares, me puse ese reto interno, no de competir, pero sí de querer ver un resultado mío que estuviera a la altura de lo que me parecían fotos muy bien hechas.

Foto tirada en Malta, 2008
Últimamente hago menos fotos que hace unos años. Pero sigo haciendo fotos. Hay una relación mágica entre el fotógrafo y el mundo frente a la lente. Hace algo más de un año me interesé por fotografiar aquello que no fueran personas, y disfruté mucho. En el penúltimo viaje a Malta, también me encantó fotografiar las calles, las personas, las comidas... para mí fue una forma de ampliar mi conocimiento de la isla. Al buscar fotos observaba lo que de otra manera no veía. Me salía del momento con los demás para sumergirme en el mío propio. Me sentí turista accidental. Quizá la cantidad y accesibilidad nos haya robado la intensidad y poesía, lo cual es privarnos de lo que nos define como humanos. El misterio del momento se vulgariza, pierde encanto.

Hacía una semana sólo conocía dos fotografías de Charlotte Mason. El ver la tercera que compartió Nancy Kelly me dejó admirada. Tengo estas tres fotos grabadas en mi mente. Puedo describirlas y me llenan. No necesito más. Este viaje pasado perdimos muchas fotos de las muchas más que teníamos. Es algo de agradecer el perder fotos. Te deja pensando que no necesitamos todas aquellas. Un puñado bastaría.

Hoy por hoy creo que algo ha cambiado en mí, que he llegado a un punto en el que no llevo cámara a muchos lugares. Y curioso. Cuando no llevas cámara observas a todos los que la tienen ajetreados como hormigas, móvil o celular al canto, camarita digital compacta, cámara con todas las de la ley de lente intercambiable, pesada, imponente. Y hace un poco de gracia, vaya, la misma que les haré yo a otros cuando soy quien está detrás del bicho.
Quisiera lograr hacer fotos digitales como si fueran de carrete. Aquellos tiempos en que teníamos fotos de tres o cuatro eventos en un carrete de 24 o 26 fotos con suerte, y revelarlo era toda una sorpresa.
Tras el primer auge de Pinterest, puedo confesar que a mí no me llena. Será porque lo veo como cuando de pequeños mirábamos cromos, pero en la pantalla no tiene ni un atisbo de la poeticidad que los cromos de verdad tenían. Pero este es mi caso. Otros habrá que prefieran Pinterest, FB, o los blogs, o nada... A mí cuando leo me agrada en ocasiones la compañía de una imagen. De nuevo será defecto y dependencia, pero hay imágenes e ilustraciones tan bellas que crean una atmósfera que aporta algo más al texto, lo complementa, según mi parecer.

Y es lo que ocurre con los blogs que comparten fotos, sobre todo de aquellos a quienes conozco. Es que no lo puedo evitar. Me encantan. Supongo que no consiste en poner un número límite a lo que es demasiado o insuficiente, en no decir que no hay que sacar la cámara y limitarse o forzarse a no usarla o por el contrario a usarla más. Imagino que consiste en reflexionar en cómo queremos vivir el momento. Quizá queramos tener una imagen, una memoria tangible que nos conecte de nuevo con aquel momento una vez pasado, o quizá no queramos capturarlo, sino dejarlo entrar en nuestro ser, hacer nido voluntario en la memoria si quiere, y si no, contentarnos con ese roce fugaz antes de echar a volar.


 

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